REDACCIÓN
Mira… uno ya sabía que la calle era peligrosa, pero nunca piensa que el golpe va a ser el último.
Ahí estaba él, como siempre, en la esquina de Morelos con López Portillo. Su bote con agua medio sucia, la jerga bien exprimida y esa costumbre de correr cuando el semáforo se ponía en rojo. No pedía limosna, chambeaba. “Aunque sea pa’l taco”, decía.
Tenía como 45 años. No era ningún chamaco, pero tampoco estaba viejo. Ya conocía el ritmo de los carros, cuándo meterse, cuándo hacerse a un lado. Esa esquina era su oficina, su rutina, su modo de sobrevivir.
Y ese sábado parecía normal. Tráfico pesado, camiones pasando rumbo a la Ciudad de México, el restaurante abriendo, la gente con prisa. Lo de siempre.
Nomás que esta vez el camión no alcanzó a frenar… o no lo vio… o quién sabe qué pasó. El caso es que lo embistió feo. De esos golpes que no dan segunda oportunidad.
El bote salió volando. El agua se regó en el pavimento como si nada. Y él quedó ahí.
Dicen que el chofer sí se detuvo. Que se lo llevaron. Que llegaron los paramédicos. Pero cuando ellos llegaron ya no había nada que hacer.
La zona quedó acordonada, ahí junto a la tienda grande. La gente mirando, algunos grabando, otros nomás pasando despacio para ver qué había pasado. Y el tráfico… pues el tráfico siguió.
Y eso es lo que más duele.
Porque mientras unos desayunaban camarones y otros iban apurados al trabajo, él se quedó tirado en la calle donde todos los días se ganaba el pan.
Todavía no dicen su nombre.
Pero era alguien.
Era un hombre que salió a limpiar parabrisas… y ya no volvió.