LA MÁGICA DEVOCIÓN GUADALUPANA

REDACCIÓN

Cada 12 de diciembre es como si todos los caminos te llevaran a la Basílica de Guadalupe, ahí llegan pasos cansados pero firmes, de los feligreses; hombres y mujeres de todas las edades, que avanzan con el corazón en la mano y la esperanza encendida en los ojos, unos en silencio, otros cantando, cargados con flores, velas o retratos que han acompañado a sus familias por generaciones.

Para ellos, la Virgen de Guadalupe no es solo una imagen sagrada: es madre, consuelo y refugio, ante ella han llorado pérdidas, celebrado nacimientos, pedido fuerza en la enfermedad y agradecido milagros que solo el alma sabe medir.

Por eso, cada paso hacia su santuario es un gesto de gratitud, una conversación íntima en la que se confiesan miedos y se renuevan promesas y cuando por fin la ven, iluminada entre velas y murmullos, algo profundo se enciende en sus pechos.

Hay quienes se arrodillan sin pensarlo, quienes se abrazan con quienes aman, y quienes simplemente cierran los ojos para sentir la paz que brota silenciosa, como un susurro que todo lo sana y cuando las mañanitas se escuchan a coro, los fieles a la morenita entienden que no caminaban solos, sino acompañados por la esperanza y el amor de la Guadalupana.

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